jueves, mayo 10, 2007

OLEADA BLANCA EN ROMA

Cargar con toda una fe a cuestas.
Y con mi edad.
¿Cuánto hace que salió el humo blanco de esa bendita chimenea, anunciándome como el nuevo vicario del Señor? ¿Cuarenta, veinte años? ¿Acaso fue ayer? ¿Y por qué, en el último de los casos? ¿Acaso en algún momento aspiré a llegar tan lejos por pura vocación? ¿Cuánto hace que me convertí en un hipócrita?
La gente debería comprenderlo: los religiosos también somos humanos, por más que queramos negarnos esa condición calificándola como un pecado, sin importar las circunstancias. Hoy que me encuentro en este predicamento, me río de mi antigua pretensión de crear el pecado de ser una criatura humana, pues todo lo que hacemos me resulta, en esencia, repugnante. Comer: ese acto que, pese a haber sido refinado hasta extremos ridículos por nuestra raza, nos hermana a fin de cuentas con los animales al no ser mas que la satisfacción de una necesidad vulgar y prosaica; cagar, otro acto inherente a nuestra especie y a todo ser vivo, es algo tan grotesco e innoble, que debería ser castigado. Y el sexo, por supuesto: un impulso animal tan básico, que nos lleva a realizar actos que difícilmente estaríamos dispuestos a llevar a cabo para satisfacer cualquier otra necesidad que no fuese fornicar. Y sin embargo, resulta irónico que de todos esos actos repulsivos, este último sea el que castigamos implacablemente; aquel que tiene en buena parte de los casos, la motivación más elevada, con el agravante de que, encima de todo lo anterior, condenamos sin siquiera conocerlo.
¿Será por eso que soporto en estos momentos la lastimosa visión de mi cuerpo, decrépito y desnudo, frente al espejo? ¿Necesito experimentar que es eso tan terrible que hay en el sexo, para comprender porque la institución lo odia tanto? ¿No será que solo estoy buscando justificaciones para aliviar esa comezón de la adolescencia, que desde entonces me acompañó, y que no pude aliviar por miedo a enfadar a nuestro Señor? ¿Será algo tan impuro como la envidia lo que me lleva a esto?
Hice que me trajeran libros acerca de esto. Me sentí como un niño otra vez, al mirar esos dibujos ilustrando como lo debo hacer. Oleadas de placer y culpa invadieron mi alma al pasar mis ojos por la palabra masturbación. “El Papa jamás se ha masturbado”, dijo una voz allá, en mi consciencia. Pero otra voz, más fuerte y terrible, me invadió: “Nadie tiene porqué enterarse de que el Papa se masturbó”.
Mi cuerpo es una ofensa a la naturaleza: Pequeño, encorvado, viejo… la única señal de vigor o vitalidad se encuentra en mi vientre: abultado, liso y sonrosado. Mi tiara papal está fuera de lugar frente al espejo, es la única prenda que llevo encima, y siento lo que supongo que es la excitación. Empiezo a explorar mi cuerpo desnudo en el espejo, y lo voy encontrando cada vez menos grotesco. Me empiezo a ver a mi mismo como un simple mortal, un hermano de la humanidad; vulnerable, frágil, merecedor del afecto y calor de otro cuerpo, como cualquiera de mis congéneres. Es cierto que este cuerpo ya pasó su mejor época, pero sigue siendo un ente sensible y ávido de experiencia.
Toco con ansias cada parte de mí y lo disfruto. Poco a poco se va desvaneciendo el pudor y la culpa por sentir este impulso salvaje, este –me voy a permitir la palabra- placer que me doy a mi mismo como un regalo maldito que me enaltece y dignifica como una criatura más de la Creación. Recorro mi cuerpo con avaricia, quiero ofrendarme a mi mismo este inocente salvajismo, el abandono primitivo e intoxicante de la voluptuosidad. Pensamientos impuros empiezan a invadirme: si este placer puede alcanzarse con la autosatisfacción, yacer al lado de una moza debe ser un océano de sensaciones non sanctas.
A pesar de mi insaciabilidad, de lo rápido que ha sido esta exploración del cuerpo que hasta ahora jamás había vivido en realidad, elijo posponer mi parada final, el clímax de este ritual iniciático. Evito tocar mi falo, en parte por la deliciosa espera que supone reservarme cuanto sea posible dicha consumación, y en parte por el temor de encontrarme con que, atrofiado por la falta de uso, dicha parte de mi humana integridad haya fallecido sin conocer los secretos de una rosada cavidad femenina. Me doy cuenta de que no puedo, ni quiero, posponer más este momento: con delicadeza, sostengo mi propio pene entre las manos. Es un pedazo de carne inerte, perdido en la jungla de mi vello púbico, adormecido por el paso de los años y la falta de actividad. Paso del más lujurioso éxtasis al sudor frío, renegando de Dios y de la Iglesia. Maldigo éstas décadas desperdiciadas en estudios, condenas y más estudios, que me han privado del goce de fornicar con la joven que pudo ser mi esposa, de aquellas monjas que, pese a sus años y las formas femeninas perdidas entre los hábitos, fueron objeto del deseo, por el simple hecho de ser mujeres. Ofrendo un último pensamiento impúdico en memoria de mi miembro psicológicamente mutilado, cuando se opera el milagro: las imágenes de esas mujeres le devuelven la vida a mi apéndice viril, un constante flujo de sangre yergue el cuerpo antes flácido, que sostengo con mi diestra. Al carajo con los libros: mi instinto basta para continuar por mi mismo el proceso. Imagino que si mi energía volvió al pensar en semejantes aberraciones femeninas, se fortalecerá mientras más apetecibles sean las hembras con las que mi imaginación se deleite.
Mi teoría da resultado: imagino todo tipo de mujeres, mi cerebro recrea imágenes a una velocidad deslumbrante. Criaturas de cabello negro, dorado, rojizo, castaño llegan a los ojos de mi imaginación en oleadas salvajes, pero no sólo eso: dentro de mi cabeza, las imágenes fluyen por sí solas, sin que yo las pueda contener. Imagino toda la cantidad de usos sexuales que puedo llevar a cabo con semejantes diosas de la lujuria; actos de sodomía, relaciones lésbicas, zoofilia… todas las aberraciones sexuales conocidas por el ser humano pasan por mi cerebro, sin que yo tenga la menor intención de detener el festival de depravación que surge en mi interior.
La eyaculación llega como la explosión de un volcán. Soy incapaz de controlarla. Ese líquido lechoso me inunda de culpabilidad, me siento inmundo y agotado. No puedo permanecer de pie, pierdo la consciencia rápidamente…
Ignoro cuanto tiempo me desmayé, pero mi corazón late con toda su fuerza. Las rodillas me tiemblan, me siento mareado y confundido. Sin embargo, a pesar de mi confusión y del lamentable estado en el que ese acto impuro me dejó, alcanzo a percibir que algo no anda bien: hay demasiado silencio. No se escucha el murmullo del personal de la casa, ni la algarabía que es la regla en esta ciudad. Me acerco a la ventana con paso lastimoso, apenas despierto luego del éxtasis más intenso que he sentido en mi larga vida (¿Orgasmo? ¿Eso fue lo que se conoce como un orgasmo?).
He recorrido los pocos pasos que separan este lujoso espejo de cuerpo entero del ventanal, pero me parece que han sido horas, que el esfuerzo ha sido comparable a la jornada de Ulises para regresar a su añorada Ítaca. Lo curioso es que solo al asomar mi cabeza y ser testigo del inusual y macabro espectáculo que la Plaza de San Pedro ofrece a mi vista, me doy cuenta de que la habitación está inundada por un moco blanquecino y pestilente. Asimismo, volteó a ver mi castigado cuerpo, para darme cuenta de que mi otrora abundante barriga ha desaparecido. Estoy fatigado y en los huesos, como el resto de la ciudad del Vaticano, cuyos habitantes flotan inertes en medio de este líquido vil que mana de mi pene…
No hay mucho por hacer, el boato que solía ser nuestro orgullo ha quedado en el olvido. Me siento un poco más repuesto, aunque esta leche viscosa no deja de manar de mi cuerpo. Consigo llegar, no sin esfuerzo, al trono papal. Durante el trayecto he visto flotando al lado mío los cuerpos de quienes solían ser mis colegas o mi servidumbre. Los miro con asco e indiferencia, nada importa ya. Paseo desnudo por el palacio, inundado de una extraña satisfacción, acaso felicidad. Debería sentirme culpable (¿Acaso no es la felicidad el peor de los pecados, según nuestra Santa Mitología?), pero prefiero abandonarme en este sentimiento impuro. Ignoro, y no me importa, si junto con la Basílica de San Pedro han muerto Italia o el mundo entero. Lo único que me interesa aquí y ahora, es saber que gracias a esta blanca e impura hemorragia, voy a ser el Papa con la muerte más indigna.
Pero, -loado sea Dios-, también será la más placentera.

lunes, enero 15, 2007

Marte y Venus en la Atlàntida (Doceavo Sangriento Match)

Eran ya demasiados meses buscando sin encontrar. El sentido de la vida habìa desaparecido del todo para èl. Aturdir sus sentidos de placeres no habìa funcionado, y buscar el amor, cuando su corazòn le pertenecìa solo a ella tambièn habìa resultado un fracaso. Ni siquiera su amor por la lucha libre lo podrìa sostener, de manera que no existìan ya razones para seguir adelante. La opciòn era ùnica y clara.
Llegò a su departamento con la convicción de quitarse la vida. Era tal su ensimismamiento, que no reparò que la puerta estaba abierta, aunque quizà le habrìa dado lo mismo. Encendió la luz, y lo que vio le dejò perplejo: un hombre lo miraba desde el sillòn, apuntàndole con un arma. Era el Director General de INTERPOL. Marte se sobresaltò.
-Disculpa que haya entrado asì –dijo el desconocido –pero era la ùnica forma. Sè que no me recuerdas, pero antes èramos muy buenos amigos.
Marte le dedicò apenas una desdeñosa mirada antes de responder con desgano.
-Pues si lo que intentas es detenerme, “amigo”, lamento decepcionarte. He tomado mi decisión y no la cambiarè.
El Director General enarcò las cejas. -¿El suicidio? –preguntò con acusada teatralidad –ya lo tenìamos contemplado, y te tengo buenas noticias: lo que te vengo a proponer es casi lo mismo…
Marte lo mirò con suspicacia, haciendo esfuerzos por recordar. Las nubes en su mente eran demasiadas.
-No te esfuerces en recordar. Mi gente te tratò para que tu vida fuera una mentira, hasta hace algunos años. Pero es necesario que recuerdes ese pedazo que te hace falta.
-No lo harè –dijo Marte sin mirar al Director –sea lo que sea lo que me pide, no lo harè…
-¿Ni siquiera por ella? –el Director le mostrò una foto de Venus con su màscara rosada, cosa que hizo reaccionar a su interlocutor.
-Me alegro de tener otra vez tu atención.
El Director le dio a Marte los pormenores de la operación después de inyectarle un suero que le devolverìa la memoria. Hasta donde sabìan, Venus acababa de ser reclutada por una organización terrorista cuyos planes eran resucitar la ciudad perdida de La Atlàntida, aunque no sabìan por que motivo, ni quien dirigìa la operación. La ùnica alternativa era acudir al mejor agente que INTERPOL habìa tenido jamàs, para encontrar y sabotear los planes del grupo terrorista.
Marte pensò unos minutos antes de dar su respuesta. Ahora, ademàs del recuerdo de Venus, la escena de la muerte de su hermano le atormentaba. Aquello le parecìa una pesadilla, pero si le daba la posibilidad de vover a ver, aunque fuera solo unos momentos a Venus, quizà la misiòn valdrìa la pena.
-Señor Director –dijo con decisión -¿Cuàndo debo reportarme a la misiòn?
El Director sonriò complacido
-De inmediato, Agente Marte.
Estrecharon las manos una vez màs, pero al Director General le pareciò que aquella seguramente era la ùltima vez que verìa a su amigo.
Inteligencia de INTERPOL no tardò en hallar el lugar donde La Atlàntida resurgirìa. Un aviòn de la agencia llevò al enmascarado al sitio donde se tenìa previsto que la ciudad perdida resurgirìa. Un espectáculo aterrador y fascinante a la vez le sobrecogiò, al observar como emergìa entre explosiones volcànicas. Marte entrò al complejo tras lanzarse en paracaídas a las convulsas aguas que vomitaban aquel horror.
Superar la vigilancia no fue problema. Inmediatamente se dirigiò a la càmara donde suponìa estaba el cerebro de la operación. Lo que encontrò fue al Dr. Cerebro, supuestamente muerto años atràs, en medio de una màquina cuya funciòn era, segùn explicò el propio doctor al enmascarado, emitir un pulso electromagnètico que destruirìa todo dispositivo electrònico, para chantajear a las grandes potencias. Los esbirros del Doctor Cerebro no fueron problema para Marte, quien no pudo evitar que este se suicidara antes de echar a andar su maligna màquina.
Una risa burlona resonò a sus espaldas. Cuando se dio la vuelta, mirò horrorizado a aquel hombre que habìa muerto años atràs por su mano, clamando ser su hermano.
-¿Crees poder repetir tu crimen otra vez… hermano?
Marte no respondiò palabra alguna. Sin que El Toro lo esperase, Marte se abalanzò sobre èl. Nada le importaba ya, ni siquiera saber que su propio hermano estaba detràs de aquella màscara, si no volvìa a ver a Venus de nuevo. El cuerpo de quien proclamaba ser su hermano desatò la destrucción de la màquina de la muerte, asì como el fin mismo de la isla.

Los recuerdos de ambos parecìan comparecer de la misma manera, al mismo ritmo, antes de verse frente a frente quizà por ùltima vez.
Intercambiaron miradas feroces, antes de lanzarse uno contra otro. Se trenzaron en un abrazo mortal, respirando mutuamente el aliento del otro. Sus cuerpos se rechazaron finalmente, fueron expulsados al liberarse la fuerza que los mantenìa unidos en aquella llave mortal. Jadeantes, se examinaban, uno en un extremo, y el otro al frente. Hilillos de sangre se dibujaban en sus bocas.
Sin anunciarlo previamente, se lanzaron salvajemente uno contra el otro. Nuevamente quedaron trenzados en un abrazo salvaje, mortal y definitivo. Marte pudo acercar su boca al oìdo de su adversaria:
-Venus –dijo jadeando- no tenemos que morir aquì… sabes que basta con que lo digas, para que salgamos juntos…
La chica titubeò. Se soltaron una vez màs, pero esta vez de manera suave, paulatinamente. En efecto, ella sabìa que solo dos palabras la separaban de la muerte o la felicidad, pero: ¿Tal felicidad merecìa echar por tierra sus convicciones? Si aceptaba la invitaciòn de su rival, todo lo hecho hasta ese momento en su vida habrìa sido inútil. Sus convicciones eran demasiado fuertes. Una lucha interior se desataba en su alma; una batalla entr su orgullo, y el anhelo natural y sempiterno, de todo ser humano: probar la felicidad.
La isla entera se caìa a pedazos alrededor de la pareja, pero ellos permanecìan impasibles, prácticamente indiferentes a lo que sucedìa alrededor. Detràs de la màscara de Venus, sus grandes ojos color avellana resplandecìan, mas nadie hubiese podido decir si aquel resplandor auguraba su decisión de entregarse finalmente a la felicidad, o si por el contrario, preferìa permanecer fiel a sus convicciones, a pesar de sacrificar su corazòn y su alma al odio que la consumìa. Finalmente, Venus dijo solo dos palabras, que Marte esperaba con impaciencia…
-Te…

-Lo siento, papi, se acabò el tiempo.
La exuberante Marcela era implacable con el tiempo. Aun cuando ella estuviera gozando, resultaba casi obsesiva con la puntualidad. Era una regla de respeto hacia su persona y a los mismos clientes, porque, después de todo, le gustaba dar un servicio de calidad en todos sentidos.
Abundio tomò su sombrero y el paraguas. Se calzò los anteojos, que solìa quitarse para leer. Estaba un poco apenado.
-Lamento haberte entretenido –dijo con voz quebrada- sè que lo tuyo son otros “servicios…”
La exuberante Marcela le regalò una sonrisa sincera, no como aquellas que estaba acostumbrada a repartir en el “Cadillac”.
-Como yo lo veo, papi, estàs comprando mi tiempo –dio otra sugerente chupada a su cigarro, mientras sus verdes ojos se perdìan en la selva de rulos rojizos que ocultaban a medias su rostro –lo que quieras hacer entre tanto ya es cosa tuya.
Cuando salìan del hotel tomaron rumbos distintos. La exuberante Marcela era mujer de impulsos, por lo que no pudo quedarse con las ganas de voltear al otro extremo de la calle, cuando Abundio se retiraba tìmido y un poco tristòn hacia un sitio de taxis.
-Oye papi, de veras me gustò, ¿sabes? Hay tipos a los que les gusta hacerme no sè que tantas porquerìas, pero lo tuyo nunca lo habìa hecho.
El rostro de Abundio se iluminò.
-Entonces, ¿Te gustò?
-Te cuentas buenas historias papi. Ojalà algún dìa regreses a terminar de decirme esta, o se te ocurra una distinta. Como sea, ya sabes donde encontrarme.
Abundio recibiò de buena gana el òsculo que le regalaba la exuberante Marcela en su mejilla derecha. Se encaminò de buena gana a su departamento, donde sin duda, lo esperarìa la fiel Jovita.
La Jovita que sabìa perfectamente donde pasaba su marido cada dìa qince o treinta del mes. La Jovita que se hacìa la que no sabìa nada porque, como todo ser humano sabe, la realidad acaso sea una carga menos pesada, si dejamos que, de cuando en cuando, nos engañen.

miércoles, noviembre 29, 2006

Marte y Venus en la Atlántida (Décimo Primer Agarrón de Escándalo)

Entregado a la vida civil, Marte dedicaba su tiempo a viajar por el mundo, siempre bajo la estricta vigilancia de INTERPOL. Aun sin su màscara, la identidad del gladiador estaba a buen resguardo, gracias a las gestiones y diligencias del Director General, buen amigo de Marte, aunque este no lo recordase.
Pese a sus esfuerzos por distraerse, lo cierto era que el recuerdo de aquella noche pasada bajo la piel de Venus aun quemaba su mente y su alma. Siendo de naturaleza melancòlica y con sensibilidad para el arte, intentò refugiarse en la expedición de los grandes tesoros culturales, naturales y artìsticos del mundo. Asì, visitò las pirámides de Egipto, la Torre Eiffel, las cataràtas del Niàgara, y todo aquel lugar que tuviese fama en el mundo por su riqueza y espectacularidad, mas nunca pudo conseguir alejar de su mente aquella terrible noche, la màs feliz de su existencia.
Al comprobar que el arte y la naturaleza no consolarìan su espìritu, se dio a la tarea de hallar a alguien que borrase con su cuerpo aquel recuerdo maldito y querido que le consumìa. Intentò todas y cada una de las variantes del placer con las mejores amantes del mundo. Se dejò arrebatar en una vorágine de perversiones y licencias que jamàs se hubiera permitido durante su vida como luchador. Cuando se dio cuenta de que el amor comprado jamàs se acercarìa a aquello con lo que Venus lo habìa intoxicado, intentò enamorarse de alguien que expulsase a Venus de su alma para siempre. Para su desgracia, la huella de aquella terrible mujer parecìa ser indeleble, pues aunque en todos sus intentos hallò ternura, inteligencia, o todas las cualidades deseadas por cualquier hombre en una mujer, ninguna se acercaba a aquel misterioso embrujo con el cual Venus habìa poseìdo su alma. El otrora enmascarado estaba a punto de sucumbir ante la desesperación y la acuciante necesidad de encontrar a Venus.

Fiel a su costumbre, Venus se convirtió en la mejor en aquello que hacìa. Vendìa sus caricias al mejor postor, y estos indefectiblemente quedaban satisfechos de su compra. Sin embargo, rara vez permitìa que algún cliente gozara con sus artes amatorias màs de una vez. Disfrutaba, como en antaño, saberse poseedora de ese inexplicable poder que toda mujer ejerce sobre el sexo opuesto, gozaba con la agonìa causada a sus clientes.
Cierta ocasión se acercò a ella un parroquiano del burdel donde prestaba sus servicios. Se trataba de un hombre corpulento y bien vestido, con un traje italiano de corte exquisito. La penumbra del lugar no permitìa ver su rostro, pero alguien con la perspicacia de Venus podìa adivinar sus facciones esuchando su voz gruesa, segura de sì, cuando lo escuchò hablar.
El sujeto pagò lo convenido para llevarla a un hotel, y tener su atención por el resto de la noche, como si sintiera desprecio por el dinero. Algunos ebrios miraban a la pareja sin disimular su envidia. Venus acompañò al caballero a un lujoso auto que le agurdaba a la salida, pero aun bajo las luces de la ciudad, fue imposible mirarle el rostro, que el sujeto parecìa esconder sistemáticamente bajo las sombras.
Camino al hotel no hablaron una sola palabra. A cualquier otra compañera de oficio, la situación le habrìa parecido irregular y peligrosa, pero para Venus era una especie de reto. Se preguntaba si en aquel hombre encontrarìa lo que, sin aceptarlo ante ella misma, estaba buscando desde la derrota con Marte.
Bajaron en un hotel de mala muerte, algo contrastante con el derroche que el sujeto habìa exhibido durante la noche.
-¿Esos desplantes eran fanfarronerías, amor? –preguntò Venus con sarcasmo. El sujeto se limitò a tomarla del brazo, casi arrastràndola a la habitación, cubierto en todo momento por las sombras. La joven tuvo que ceder ante el forcejeo, pero lo cierto era que la curiosidad tambièn la arengaba a seguir adelante con tan peligrosa aventura.
-Espera –dijo el hombre por fin. Era la primera vez que habrìa la boca desde que habìan salido del antro. Venus estaba lista para cualquier cosa, y si el sujeto ese pretendìa obligarla a hacer algo con lo que ella no estuviese de acuerdo, peor para èl.
Las luces se encendieron de pronto. La mujer sintiò vèrtigo por lo repentino del cambio. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz, pudo enfocar al cliente, que finalmente aparecìa ante su vista sin sombras que lo guarecieran. Llevaba, en efecto, un finìsimo traje hecho a la medida, el cual difícilmente ocultaba sus poderosos músculos listos a estallar en cualquier momento. Unas manazas de uñas recortadas cuidadosamente, eran el final de aquellos brazos capaces de asfixiar a un toro con relativa facilidad; pero lo que aumentò el vèrtigo de la chica era el rostro de aquel gigante, que se ocultaba detràs de una màscara roja bastante similar a la de su odiado rival, salvo que el color de esta era màs oscuro, y tenìa un par de cuernos simulados en la frente. Estuvo a punto de gritar, pero su legendaria entereza y carácter la detuvieron.
-Estuve buscàndote por meses –dijo el enmascarado con una voz que no podìa ser la de Marte –para proponerte un negocio.
Pese a la desconfianza, Venus le permitiò hablar. El hombretòn comenzò presentàndose: se hacìa llamar “El Toro”, y básicamente necesitaba de Venus para llevar a cabo cierto proyecto en el que estaba trabajando.
-Se supone que estàs muerto –respondiò Venus cuando El Toro terminò su explicación.
-Es una buena treta cuando te dedicas a negocios como el mìo… -respondiò el enmascarado con una sonrisa siniestra. Venus le dio la espalda antes de reponder.
-Conmigo no cuentes. El crimen no me interesa en absoluto, y no porque tenga objeciones morales al respecto., sino simplemente, porque solo recurrirè a el si me conviene.
-Ese es el punto, querida –respondiò El Toro –permìteme presentarte al Dr. Cerebro, piedra angular de nuestro proyecto…
De una puerta emergiò un hombrecillo en bata, mismo que le dio los pormenores del plan que pretendìan llevar a cabo: utilizando el poder de ciertos volcanes submarinos, revivirìan la legendaria Atlàntida, que utilizarìan como un gigantesco generador para amenazar a las grandes potencias, y tenerlas bajo su dominio. La supuesta muerte de El Toro era una pantalla perfecta para trabajar en las sombras, pero seguramente INTERPOL los descubrirìa tarde o temprano. Como si adivinara la pregunta que revoloteaba en la cabeza de Venus, El Toro explicò su participación en el asunto:
-Un viejo conocido tuyo seguramente vendrà tras de nosotros. Aquel que te despojo de todo cuanto te importaba en la vida, y creo que eres tù la ùnica que lo puede enfrentar…
-¡Marte! –gritò la chica con un brillo de odio en sus ojos. El Toro sonriò.
-Creo que disfrutaràs trabajando aquì…

CONTINUARÁ...

jueves, noviembre 23, 2006

Marte y Venus en la Atlàntida (Décimo Combate Supersónci)

La noche de su derrota, Venus se habìa escabullido del estadio con ayuda de La Llorona y del mismo pùblico que abarrotaba el local. Aunque se resistiò a ir a un hospital, lo grave de sus heridas y el agotamiento ayudaron a que La Llorona la llevase a una sala de emergencias. Venus lloraba de rabia, mas que por el dolor de las lesiones.
La Llorona sufriò al principio para justificar el estado de su amiga sin comprometer su identidad, pues pese a su nobleza indiscutible, una inocente ignorancia le impedìa mentir convincentemente a favor de su amiga. La gigantona argumentò un choque para justificar el lamentable estado de su amiga, pero un accidente de esa naturaleza no hubiera provocado lesiones como las que presentaba. El galeno encarò a La Llorona con severidad:
-No me mienta. Es claro que usted trata de encubrir lo que en verdad ocurriò, ¿No es cierto? Cree que las consecuencias seràn fatales para su amiga, ¿O me equivocò?
Aunque La Llorona doblaba fácilmente al mèdico en peso y fuerza, se encogiò humildemente como un cachorrito que recibiera un regaño por alguna travesura. El doctor aumentò el interrogatorio con severidad:
-Estas heridas no son propias de un choque. Alguien golpeò severamente a su amiga, ¿Verdad? ¿Porquè lo niegan? ¿Temen represalias? ¿Fue su esposo, un familiar?
La Llorona suspirò aliviada, asintiendo a cada suposición del galeno casi con alegrìa. Este le reprochò con la mirada, pero la gigantona no lo percibiò. Para ella, lo esencial era que su amiga, junto con su secreto, estuvieran a salvo.
El doctor hizo un trabajo admirable con Venus, aunque la propia resistencia y fuerza de voluntad de la chica jugaron un papel determinante para su recuperaciòn, esa misma noche.
Venus se enterneciò al mirar a su amiga, agotada, al lado de su cama. Depositò un beso y algunas làgrimas de agradecimiento en su mejilla, mientras le daba las gracias por todo el tiempo pasado juntas. Burlò sin demasiados esfuerzos al ejèrcito de mèdicos, pacientes y enfermeras que pudiesen dificultarle la huìda, aunque es cierto que tampoco la tomaron mucho en cuenta.
Serìan alrededor de las tres de la madrugada cuando entrò por ùltima vez en su vida al apartamento que compartìa con La Llorona. Empacò lo absolutamente indispensable para sobrevivir, y una sola màscara entre las cientos que tenìa para subir al cuadrilàtero. La original, la que le habìa dado su maestro, la habìa perdido en buena lid horas antes, por lo que considerò irrelevante empacar toda una colección, si después de todo, una sola bastaba para cubrir su rostro. Eligiò una versión oscura, casi negra, de entre su colección para ocultar su rostro. Estaba decidida a que Venus desapareciera de la faz de la tierra, mas no se irìa sin hacer una ùltima visita a su odiado rival.
Venus se plantò frente al hospital de lujo que prodigaba sus cuidados a Marte, con la idea fija de vengarse de èl de una manera hiriente, pero “honorable”. Si èl la habìa vencido en un territorio en el que ambos eran lo mejor que se podìa ofrecer, entonces su venganza debìa de tener lugar en un frente el el cual la ventaja serìa suya.
Venus corrompiò al guardia con solo una mirada sensual y mortìfera. Llegar a la habitación de su objetivo resultò màs fácil de lo calculado.
Marte estaba tendido e indefenso en la cama: sin duda una presa fácil y vulnerable para el àcido odio de aquella mujer. Un pequeño sobresalto la sobrecogiò cuando, con un terrible esfuerzo Marte fue capaz de insinuar sus negras pupilas apenas por debajo de los pàrpados y la roja màscara, hecha jirones. Venus llevò a cabo su plan: si Marte la habìa humillado públicamente, despojàndola de cuanto le importaba en la vida, entonces ella le inflingirìa un dolor màs fuerte, con el que tuviese que lidiar solo, que carcomiese su espìritu y su alma tan ìntima y fuertemente, que resultara imposible compartirle a alguien su pena, aun deseàndolo. Venus fue pròdiga en caricias venenosas, intoxicando a su vìctima, inundando con sus ojos avellanados el torrente sanguìneo del titàn que, sin poder –ni querer- hacer nada, dejàbase amar por la furia vengativa de aquella mujer que le arrebataba vida y suspiros cada vez que era penetrada.
-Nos volveremos a ver- dijo ella sin pensarlo, acaso tambièn sin quererlo. ¿A què venìa pues esa sentencia? ¿No era ya suficiente intoxicar con su cuerpo, al gigante frente a ella? “Nos volveremos a ver”, sonaba en su cabeza al salir del edificio, cuando tomò el autobús a cualquier parte, cuando el vacìo se apoderò de sus entrañas y su alma, mientras se convencìa de que su recuerdo ya era una daga clavada en el pecho de quien, de ahora en màs, era su enemigo jurado para siempre.

Marte anunciò su decisión a Lino, que la recibiò con tristeza y desagrado. El promotor casi le rogò por una corta gira de despedida, que el coloso aceptò a regañadientes.
-¿Què fue de Venus? –preguntò tìmidamente antes de concluir la entrevista.
-Nadie sabe –respondiò el empresario encogièndose de hombros- supongo que la derrota ante ti la traumatizò. Tal vez en unos meses adoptarà una nueva identidad y volverà a luchar ; o se habrà refugiado en arenas de medio pelo en el interior. Es una verdadera làstima, porque, con màscara o sin ella, la chica sin duda despertarìa pasiones y llenarìa plazas.
Marte se fue del lugar pensativo y sin decir palabra.
La gira triunfal que despedìa a Marte fue un èxito, al menos desde el punto de vista econòmico, a pesar de que en cuanto a calidad, el homenajeado quedaba a deber al respetable. Distraìdo y lento, incluso estuvo a punto de perder la capucha frente al “Cangrejo Lopez” en una lucha de apuestas que darìa el cerrojazo final a una brillante carrera. Marte agradeciò distraìdo el apoyo del pùblico durante su carrera, pero lo cierto era que aquella noche, tal como habìa sucedido desde la lucha con Venus, el recuerdo de su càlido cuerpo inundaba todos los rincones de su alma. Marte colgarìa la màscara para siempre, cosa que inquietaba a los altos mandos de INTERPOL. Para el Director General sin embargo, aquello no era algo de lo cual hubiera que preocuparse, pues gracias al cuidadoso manejo de su identidad, Marte bien podrìa vivir una existencia tranquila como civil con el rostro desnudo.

Después de la furtiva visita a su rival, Venus se perdiò en el anonimato. La Llorona hizo grandes esfuerzos para conseguir noticias suyas, pero las pistas –indefectiblemente escasas- siempre terminaban en callejones sin salida. Insistiò mil veces en hablar con Marte, pero tanto la empresa como INTERPOL se lo impidieron. La Llorona ni siquiera se imaginaba que, de haber hablado con èl, seguramente habrìa motivado una bùsqueda intensa por parte del escarlata, para encontrar a su amiga.
Después de algunos meses La Llorona comprendiò que si su amiga no daba señales de vida, era porque sin duda no deseaba ser encontrada. La fiel gladiadora abriò por primera vez en meses el secreter de quien fuera su mejor amiga, y lo que encontrò la dejò sin habla: el mueble estaba repleto de dinero, (tal vez todo lo que Venus habìa ganado a lo largo de su carrera, pues solo gastaba en lo estrictamente indispensable) y una escueta nota: “Gracias por todo”. La gigantona rompiò en llanto como una chiquilla sin parar en toda la noche. Al amanecer, decidiò que ese dinero lo utilizaría para homenajear a su amiga, para lo cual la opciòn lògica era transmitir los conocimientos que habìa recibido de Venus (la alumna habìa superado con creces a la maestra), abriendo un gimnasio de lucha libre. La Llorona forjò varias generaciones de luchadores de ambos sexos que sustituyeron a la familia que nunca tuvo, y que la vieron partir entre sollozos cuando la vida le contò las tres de rigor, en la tercera y definitiva.
La vida de Venus se habìa convertido entre tanto en una vorágine de miseria y desesperación. Vagabundeaba sin sentido de un estado a otro. A veces no tenìa dinero ni para comer. Su orgullo, antes imbatible y temerario, menguaba por momentos. Poco a poco fue cayendo a los peores abismos a los que la pobreza espiritual y el vacìo pueden llevar a una criatura. Lo ùnico que permanecìa intacto en ella era el odio que sentìa por Marte y por el gènero masculino.
A los pocos meses de errar por toda la repùblica, se quedò sin medios para seguir subsistiendo. Se deshizo de todo cuanto llevaba que no le fuese indispensable. Pronto, lo ùnico que le quedò fue su belleza, aunque esta empezaba a menguar tambièn con el paso del tiempo y el descuido al que se habìa entregado. Llegò un momento en el cual todo, hasta su mismo odio, se comenzò a apagar lentamente. El frìo de una noche de invierno la abrazò. Estaba dispuesta a dejarse morir aquella madrugada, cuando un sujeto se le acercò con paso vacilante. Ya casi no percibìa nada, pero una voz ronca, enferma, se dirigìa a ella entre arcadas:
-¿Cu-cuànto…?
Venus apenas le dirigiò una mirada. La voz nuevamente se dirigiò a ella:
-¿Cuànto por la noche…?
Venus se incorporò con lo poco que le quedaba de fuerza. La risa empezò a nacer desde la boca de su estòmago. Fue subiendo poco a poco hasta ser expulsada por su boca. Un brillo de vida destellò en sus ojos. El pobre muchacho que la interrogaba retrocediò, asustado por la metamorfosis impetuosa que se operaba en aquella mujer a la cual pretendìa comprarle sexo. Entre risas, Venus tomò del brazo al asustado joven.
-Por hoy, solo te costarà un plato de sopa y una cama caliente, chico guapo –le dijo tomàndolo por el brazo. El pobre muchacho retrocediò un poco asustado ante la extraña actitud de la joven.
Esa noche, Venus volviò a utilizar su cuerpo como un arma; pero como una capaz de matar tan dulcemente, que hace desear el fin con ansiedad y premura. Esa noche, Venus recordaba gracias a un tìmido joven el poder que podìa ejercer su figura, aun en el lamentable estado en que se encontraba. Pensò en la agonìa que seguramente vivirìa Marte en esos mismos momentos, y sonriò.

lunes, noviembre 06, 2006

Marte y Venus en la Atlàntida (Octavo Combate de Auténtico Alarido)

Marte pasò su noche de gloria recostado en una cama de hospital, debatièndose entre la vida y la muerte, pues la lucha de hacìa unas horas lo habìa agotado hasta llevarlo a las puertas de la muerte. Pese a la seguridad encubierta que INTERPOL dispuso para su seguridad, el gladiador –cuya incògnita permanecìa a salvo gracias a gestiones del director de la agencia, quien abogò por quitarle la màscara solo si fuese absolutamente necesario-, tuvo una visiòn: una figura femenina se acercaba a èl. Sus ojos brillaban de manera intensa e inquietante, sin que pudiera definir si en aquella mirada estaba grabada la huella de un profundo rencor, o de una infinita melancolía. La mujer levantò la capucha del enmascarado, que, impotente ante la fascinación que aquella mujer le provocaba, mas que por sus heridas, le dejaba hacer. El aliento càlido y dulce de aquella sombra extasiaba sus sentidos, le aturdìa. Cuando reconociò por fin aquella fragancia, Marte supo que quizà estuviera viviendo sus ùltimos instantes: Venus lo tenìa a su merced, indefenso y lo que era aun peor, casi agradecido por su destino.
El rostro desnudo de Marte recibiò la mirada del espectro, que se posaba sobre èl como dos afiladas dagas. Sin embargo, cuando abriò los ojos, aquellos temibles aceros lloraban.
No dijo palabra alguna. No sollozò. Simplemente acercò sus rojos, palpitantes labios, a la boca del convaleciente. Aun en la oscuridad, Marte se reconociò en los ojos color avellana de Venus. Por primera vez en meses, quizàs en años, miraba su propio rostro reflejado en una lìmpida superficie. Ninguno dijo nada. Sus espìritus, asì como sus cuerpos, eran uno solo en aquel momento, un mismo ente que transpiraba, sentìa y lloraba a un mismo tiempo, con el mismo ritmo. La piel les palpitaba mientras comenzaban a trenzarse en una nueva lucha; una en la que no habrìa vencedor o vencido, en la cual, contrario a la que protagonizaran apenas unas horas antes, los contendientes buscaban algo màs allà que someter al rival. Tambièn en esta lucha habìa dolor sì; pero un dolor del todo diferente al que busca lastimar: lo que experimentaban era un sufrimiento mudo, que ambos buscaban en sì mismos, para que el adversario lo aliviase. Estaban rendidos, mas no habìa àrbitro que los separase o que tuviera que decretar un vencedor.
A pesar del agotamiento, dieron sus mejores lances. No tenìan pùblico que los animara, ni reflectores que los bañaran con sus luces falsas, pero asì estaba bien. La lucha seguirìa hasta que hubiesen dado todo de sì; hasta que el ùltimo gramo de fuerza los dejase tendidos, de cara a las làmparas, y un silencio sepulcral, pero compartido, les marcase los tres latidos de rigor, declaràndoles vencidos al fragor de la batalla.
La cabeza femenina reposaba en el moreno pecho de Marte. Los dos lloraban, sabiendo muy bien porquè, pero sin querer confesarlo. Finalmente, ella rompiò el silencio:
-Mi maestro y tù son los ùnicos hombres que conocen mi rostro –dijo con un hilo de voz- ganaste mi mayor tesoro de manera leal y honrada, y solo a ti te dirè mi nombre.
Se le acercò como una leona se acerca al antìlope herido, pero èl no se inmutò. Gruesos goterones llenaban de agua los ojos de ambos, cuando, tal como una ràfaga de viento besando una hoja, ella le susurrò su nombre:
-Diana…
Permanecieron inmóviles por instantes que parecìan de piedra. Finalmente, Venus cubriò nuevamente su rostro con una capucha idèntica a la que horas antes le arrebatara el hombre que tenìa frente a sì; solo que en colores màs oscuros. Lentamente dio la espalda al herido, intentando ocultar la voz quebrada que emergiò cuando nuevamente le dirigiò la palabra:
-Nos volveremos a ver…
Venus saliò como un suspiro o un deseo no cumplido; tal como habìa conseguido entrar. Marte vistiò su rostro nuevamente, convencido de que las palabras de su adversaria eran verdad.
El dolor seguìa allì; pero ya no lo sintiò en el cuerpo.
Pasaron semanas antes de que Marte pudiese abandonar el hospital. Cuando lo hizo, una multitud lo esperaba a las afueras del nosocomio, vitoreàndolo y sosteniendo pancartas de apoyo y reconocimiento, pues a pesar del tiempo transcurrido, la gente continuaba saboreando aquella lucha, con la subsecuente victoria del enmascarado escarlata. Marte dejò el lugar vistiendo su màscara, apoyado con un bastòn, y agradeciendo al pùblico los gestos de solidaridad y aprecio. La empresa habìa arreglado que se instalase un podium afuera del hospital para que el gladiador diera un pequeño e improvisado discurso de agradecimiento. Marte realmente no tenìa ganas de hacer algo semejante, pero tampoco podìa defraudar a quienes lo habìan apoyado de tal manera, asì que un tanto desganado, subiò el escenario para expresar brevemente unos sentimientos que no eran del todo sinceros.
-Antes que nada –comenzò- quiero agradecerles a aquellos que asistieron a la lucha, o a los que la vieron por televisión.
Un rugido de jùbilo estallò de tal manera, que Marte se vio obligado a aplacarlo con un gesto y una sonrisa no muy sincera.
-Crèanme que el resultado quizà no habrìa sido el mismo, de no haber sido por ustedes. ¡Gracias!
La multitud lo acalmò una vez màs, mientras abandonaba el lugar, aliviado. Dentro del vehìculo que lo llevaba a casa, solamente un pensamiento rondaba su cabeza: un retiro prematuro, tal vez, pero definitivo y absolutamente necesario. Aquella lucha, las semanas de convalecencia, pero sobre todo, la extraña visita de Venus, cuyo recuerdo no le parecìa del todo real, ameritaban tomar una decisión tan radical y definitiva. Después de todo, su meteòrica carrera le habìa servido para hacerse de una suma considerable para costearse una existencia tranquila en apariencia, pues el recuerdo de aquella noche, de aquella mujer, agujonearìa para siempre su existencia. ¿La volverìa a ver? No estaba seguro. Si la visita en verdad habìa ocurrido, no tenìa porque dudarlo; de lo contrario, el destino de Venus serìa un misterio perpetuo para èl. Y lo que era aun peor: deseaba que aquella visiòn nocturna en verdad hubiese ocurrido. El recuerdo de ese cuerpo contoneàndose a la par del suyo, el aroma de su piel, la sedosidad de sus cabellos… todo ello era tan real para èl, que maldecìa esa miserable incertidumbre que lo consumìa.
Al dìa siguiente pidiò una cita con Lino para hablar de su retiro